100 cosas que me hicieron feliz en 2025
2025 ha sido en mi caso un año intenso y retador, como el inicio de un fenómeno meteorológico capaz de zarandear cosas que permanecían inmutables desde hacía años, especialmente durante la segunda mitad del mismo. Ha sido también un año capaz de poner los cimientos para un 2026 que viene con ganas de marcar época y que puede salir de muchas formas, cada una con un final distinto; como en esos libros de aventuras que leíamos de pequeños en los que ibas eligiendo tu propio camino, pero al que he prometido no darle protagonismo antes del tiempo que le toca vivir.
Siguiendo con el ritual que comencé el año pasado, inspirado por el muy recomendable resumen de su año que cada Navidad hace Alberto Moreno en Vanity Fair, he abierto el carrete de fotos de mi teléfono y he repasado aquellos momentos que han hecho que este agotador 2025 haya merecido la pena. Corro el riesgo, siguiendo este método, de dejar fuera aquellos instantes que no han sido retratados, una práctica que —por cierto— cada vez trato de poner en práctica con más frecuencia. En estos casos intento tirar de memoria, ya que esos momentos no necesitan de un objetivo para quedar para siempre en el recuerdo.
El orden es puramente cronológico, empezando por enero y terminando en diciembre, y no obedece a ninguna jerarquía. Aprovecho igualmente para pedir disculpas por si la memoria falla y algún nombre o situación destacable vivida a lo largo de los últimos 365 días ha quedado involuntariamente fuera. Cosas de esta época donde la atención es el factor más valioso y a la vez más vulnerable que nos queda.
Empezar el año proponiéndome correr más de 1.500 kilómetros y acabarlo habiendo superado esa cifra en más de un diez por ciento.
Las panaderías convertidas en las nuevas catedrales, capaces de congregar cada domingo en su puerta a una fila de fieles. Mención especial a Novo Mundo, un planazo para completar cualquier visita dominical al Rastro.
Los pijamas de botones que me convierten automáticamente en un señor que ha dejado inexorablemente atrás su juventud.
Los tintos frescos y fluidos, categoría en la que Despistao, de Bodegas Amatria, fue claramente el triunfador de este 2025.
Llevar a mis padres a visitar Fitur. Este año, por una serie de no precisamente agraciadas consecuencias, se dio la oportunidad y lo aprovechamos a pesar de que el día no pudo salir más invernal.
La pasta carbonara con trufa de temporada. Sin duda, uno de mis platos favoritos de invierno y uno de los motivos por los que merece la pena estar en este mundo.
La entrevista que le hice a Abel Valdenebro y la posterior comida que compartimos. Abel es uno de los mejores tipos del sector del vino en España, generoso y apasionado como pocos.
El documental Churchill y la guerra, donde pese a las penurias que se narran, no falta una copa de champán en ciertos planos.
Pasar una tarde de domingo en una sala de cine prácticamente vacía viendo The Brutalist.
Kylian Mbappé.
Un San Valentín en Ganz rodeado de comida rica, mejor vino y superlativa compañía.
La ya clásica visita a Formaje previa a mi cumpleaños con la que me autoregalo un momento de placer épico, como diría mi compañero Selu en Sala de Cata.
Una cata de Toro Albalá disfrutando de elixires históricos que tenían más años que mis padres.
Mi comida de cumpleaños en Treze, lugar convertido en uno de mis favoritos en Madrid para celebrar momentos especiales sin que parezcan demasiado extraordinarios.
Los pancakes de Watts Cantina, que deberían ser declarados Patrimonio de la Humanidad.
Cantar línea en el Canoe previo cocido de campeonato en La Daniela con mis hermanos. El posterior bingo fake de Pablo fue uno de los momentos más hilarantes de 2025.
Cazar una nube lenticular con mi cámara en uno de los primeros atardeceres de la primavera.
Las baby showers de los amigos que estrenan paternidad.
Volver al Teatro Español a ver un clásico de Buero Vallejo como Historia de una escalera.
Cambiar mi cuenta a un banco que no me cobre comisiones y encima remunere mis ahorros. Mi gran aprendizaje financiero del año.
Que Hacienda me devolviera unos cientos de euros más de lo previsto solo por dedicar algo de tiempo a leer bien todas las posibles deducciones a las que podía acogerme.
Las confesiones en privado de quienes sabes que comparten contigo mucho más de lo que aparentan en público.
Estrenar Garmin para una nueva edición del Movistar Medio Maratón de Madrid.
Un día a todo disfrute en el Salón Gourmets, el auténtico parque de atracciones de los sibaritas.
Beberme un Viña Arana con torrijas en Semana Santa.
Un esmorzat reglamentario en pleno barrio del Cabañal. Autenticidad valencià.
Estrenar hasta tres pares de zapatillas de running a lo largo del año sin ser yo influencer ni nada de eso.
Vivir un apagón sin tener que salir de casa ni coger el coche, con la nevera llena y con una radio de pilas a mano.
Recibir mayo con unas migas manchegas caseras en el campo, anticipo de una de esas siestas que recargan pilas por mucho tiempo.
Volver, muchos años después, a visitar la Mezquita de Córdoba durante las Cruces de Mayo.
Perderse entre los patios en flor del Barrio de San Basilio.
El boato y el secretismo cardenalicio que preceden a un cónclave.
El “Habemus Papam” cuando el elegido es uno de los tres cardenales por los que habías apostado. Lástima no haberlo hecho con dinero...
Acudir a una carrera a animar en lugar de a correr.
Una tarde en el Hotel Four Seasons celebrando el centenario de la Denominación de Origen Rioja.
Celebrar más de media vida viviendo en Madrid el día de San Isidro, comiendo junto a un grupo de chulapos en uno de los cafés históricos de la ciudad y yendo después a bailar a la pradera.
Cualquier exposición en la Fundación Juan March o la que vi a finales de año en el Círculo de Bellas Artes protagonizada por Robert Capa, el mejor fotógrafo de guerra del siglo XX.
Recibir invitaciones de boda impresas, un lujo cada día más punk.
La ropa de estar por casa de Uniqlo.
El ascenso inesperado del equipo de mi ciudad a una categoría superior.
Comprar, después de muchos años de espera, el coche que me gustaba.
Los comerciales que lo son por vocación y no porque la vida les llevó a ello después de ser, por ejemplo, futbolistas semiprofesionales.
Las hamburguesas que nos dieron de comer en el MOM Culinary Institute antes del Bodeboca Experience de este año, un día que volvió a ser top gracias al trabajo del maravilloso equipo.
El olor a dama de noche de los primeros días del verano.
Los viajes de prensa que se dan bien, cuando organizador, lugar y grupo invitado conforman un todo armonioso y bien avenido.
Las bodegas que no son naves industriales y dan cobijo al arte en sus instalaciones.
Que me hicieran una caricatura mientras disfrutaba de una cata y no saliera horriblemente mal.
Irnos a cenar una noche de verano a orillas de un lago para estrenar nuestro nuevo coche.
Atravesar ‘Madrid 360’ a bordo del mismo noche sin que me importaran por primera vez las restricciones ambientales.
Los whatsapps que anuncian bodas futuras habiendo pasado por ello y sabiendo el año de felicidad (y estrés) que les espera a los futuros contrayentes.
Las tardes entre semana paseando por las casetas de la Feria del Libro, cuando, si la coincidencia lo permite, mejor puedes interactuar con tus autores favoritos.
Las despedidas de soltero como excusa para poder hablar y pasar un buen rato con aquellos amigos con los que cada vez compartes menos tiempo.
Los festivales de música para millennials donde te sabes todas las canciones y las voces no están hechas con autotune ni suenan únicamente a ritmos urbano y/o latinos.
Estrenar velas de verano, con especial recuerdo a la de White Lotus de Zara Home.
Toparme con un texto o con una entrevista inspiracional cuando menos te lo esperas.
El primer viaje en mi nuevo coche fuera de Madrid. ¿El destino? Logroño, no esperéis excentricidades.
El primer helado del verano de Biscotto della nonna y Pesto di pistacchio en la heladería La Romana.
Encontrar el especial de 365 Vinos para brindar todo el año de la revista Tapas después de recorrer kioskos de lo más variopintos.
Idem con el número 150 de la revista Panenka, dedicado a las camisetas de fútbol más icónicas de la historia, que finalmente encontré sin esperarlo en un kiosco del centro histórico de Santander.
Acudir con toda la familia a uno de los emotivos conciertos que Joaquín Sabina dio en su última gira. Sin duda, un final a la altura de lo que representa el flaco de Úbeda en mi educación sentimental.
Llevar a mis padres a ver por primera vez la manifestación estatal del Orgullo LGTBIQ+ y ver el desfile posterior mientras nos comíamos una hamburguesas del Antonia’s, de las mejores de Madrid.
El bautizo de Alonso.
El mercadillo de antigüedades de Navacerrada, conocido como el “Rastro” de la sierra madrileña.
Nuestro apartamento durante cuatro días en Santa Pola con vistas a la isla de Tabarca.
La casa verde del Paseo Marítimo Santiago Bernabéu de Santa Pola, de la que nos enamoramos y luego nos enteramos que era propiedad de unos conocidos de la hermana de mi amiga Clara. ¡El mundo es un pañuelo!
La barra del Nou Manolín, en Alicante.
Cantar a pleno pulmón “Y es que en Vaquillas. Suenan charangas, se desborda la alegría….” en el concierto que dio Benito Kamelas en la peña Nos han soltao.
Mi nuevo pulverizador de agua, imprescindible para sobrevivir a un tórrido mes de agosto en Madrid.
Ver películas antiguas como Asignatura Pendiente, de José Luis Garci; o El mismo amor, la misma lluvia, de Juan José Campanella. También me gustaron mucho, aunque por distintos motivos, cintas de estreno como A real pain, A complete unknown, Una quinta portuguesa, Sirat, materialist, Los domingos, Una batalla tras otra y Valor sentimental.
Las cenas improvisadas de verano por Madrid cuando esta parece una ciudad fantasma. Ya lo decía Franciso Silvela: “Madrid en agosto, con dinero y sin familia, Baden-Baden”.
Los bares de toda la vida que cierran por vacaciones sin especificar la fecha de regreso porque no necesitan dar explicaciones de más. Esa gente sabe lo que es triunfar en la vida.
Un baño en las piscinas naturales de Las Berceas cuando Madrid se derrite de calor.
El flan de yema del restaurante Dispatch.
Cualquier día de sol y marea baja en las playas asturianas de Cué y Torimbia.
Los cachopos del Tropical, frente a la playa de San Lorenzo de Gijón; y las cenas en Las Rías, donde mejor vino se bebe en toda la ciudad aunque no lo parezca por fuera. Lo de los cachopos tampoco lo parece, y eso es lo mejor.
Los pueblos auténticos que todavía no están masificados en agosto.
Las risas que me eché solo leyendo el ensayo Quiero y no puedo, de Raquel Peláez, y poniendo caras y nombres a cada uno de los comportamientos relatados en él.
Los desayunos de Narbasu, el hotel rural en medio de la nada de Nacho Manzano.
Los helados de Cremela, la cadena asturiana que espero que abra pronto una sucursal en Madrid.
Los planes B cuando los planes A fallan. Especialmente si el plan B consiste en pasar un día en Santander y bañarse en un Sardinero casi desértico por culpa de una lluvia finísima que no hacía sino mejorar el entorno.
Descubrir el románico palentino y dormir una noche de agosto con unos 10 grados de temperatura en la calle.
La catedral de Palencia, esa gran desconocida.
Bajar 15 pulsaciones en reposo en apenas año y medio y sentir que el trabajo, a veces, es capaz de ganar a la genética.
Que me regalen unos jabones de Claus comprados directamente en Oporto (gracias, mamá).
Las escapadas en días laborables para conocer pequeños proyectos vinícolas que están empezando con mucho amor, mucho trabajo y muchos miedos detrás. Gente que sabe que a la vida también se viene a arriesgar y que jugar con las cartas marcadas es aburridísimo.
Que el Club Deportivo Teruel colidiere durante una jornada el grupo II de Primera Federación, siendo su mejor posición histórica en liga.
Las cenas especiales, con especial recuerdo de la que disfrutamos nuestro 30 de septiembre en Le Bistroman, o nuestro 13 de diciembre en El Buen.
Las bodas bonitas. Este año asistí a la de Brenda y David, que hicieron una de las ceremonias más personales y originales a las que he asistido; y a la de Laura y Pablo, en la que la lluvia no deslució un día lleno de amor. En espíritu también estuve en la de Pepe y Sara, con los que brindamos y reímos en su preboda.
Las mañanas de domingo haciendo tiradas largas por el Retiro mientras veía avanzar el otoño y la hojarasca empezaba a hacerse más abundante en el suelo. En uno de esos días tuve que esquivar a Jaime de Marichalar y a su perrito para no llevármelos por delante. No es broma.
Las inauguraciones de bodegas construidas con gusto, proporcionalidad y sentido del entorno, como Ossian, en Nieva (Segovia).
La gente que trabaja con compromiso y hace más de lo que exigen sus funciones, dejando huella en los que trabajan a su alrededor y haciendo que las relaciones trasciendan más allá del plano profesional. Ellos saben quienes son.
Los bebés que llegaron: Victoria, Andrea, Marco, Jorge, Olivia, y los que están por venir en 2026.
Las despedidas que auguran buenos tiempos para los que se van y esperanza para los que se quedan.
Un domingo de fútbol en Vallecas como experiencia de un fútbol todavía no totalmente gentrificado.
Asistir, por fin, a un monólogo en directo de Juan Carlos Ortega, mi humorista de referencia.
Bajar 10 kilos de peso en apenas 3 meses.
Que me echen 28 años.
Que terminen, después de seis meses, las obras del ascensor de casa y que estas no repercutan (de momento) en nuestro alquiler.
Haber escuchado más de 26.000 minutos de podcasts a lo largo del año y, con ellos, haber sido testigo de entrevistas, charlas y conversaciones de lo más inspiracionales.
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